Se tomó un respiro y bajó a la planta baja del edificio, donde se bifurcaban diferentes secciones de mantenimiento y logística, departamentos ajenos por completo a la vorágine de informes y estadísticas que él tenía que resolver cada jornada. Se entretuvo hablando con unos compañeros de otra planta y, al final, entró a la cafetería de fumadores, donde pidió un tentempié de media mañana. En ese momento lo llamó al teléfono móvil su pareja, que se extrañó de encontrarlo tan holgazán a esas horas, pues no solía descansar hasta el paréntesis de la comida. Le consultó sobre unas cortinas que tenían que comprar por la tarde y sacó un papel de su cartera para recordar las medidas exactas, que había anotado la tarde anterior en casa. En ese instante apareció junto a él un chico joven de la distribuidora de bebidas que suministraba a la cafetería y le pidió fuego, con un tono remarcadamente masculino, que a él le sonó incluso chulesco. El chaval hizo un gesto al camarero, señalando el refresco medio consumido sobre la barra, y al rato fue sustituido por uno nuevo. ¿Pero por qué me invitas, si no había terminado todavía? “Es igual, te tomas otro a mi salud, por el fuego, que yo creo que eres el único no ‘estirao’ que hay por aquí. ¿Qué tal?”. Se presentó y le extendió la mano. Encantado… Le dijo su nombre, estrechándosela. “Ya, ya lo sé”, dijo sonriendo, mientras daba el primer trago a su cerveza y pedía un montado de lomo. Se quedó atónito, mirándolo fijamente, mientras el chico ni se inmutaba. “¡No te asombres! Lo que pasa es que yo no te dije mi nombre, no tuvimos tiempo”, y se rió con una incipiente carcajada, que no despertó la curiosidad de nadie, afortunadamente. No pudo evitar mirar hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados, como hacía cada vez que se sorprendía de algo y dudaba de sí mismo. Pero… ¿nos hemos visto antes? Yo no te recuerdo. Ahora fue el chaval quien lo observó perplejo, no sin un punto de desilusión en la mirada. “Pues vaya, tío, qué fuerte lo tuyo… Si que ibas puesto, entonces, macho… ¡Joder, pues no lo parecías, cabrón!” y se volvió a reír, con la misma intensidad disimulada de antes. “¿No te acuerdas de nada, de nada…?” No, de verdad. “¡En el ‘after’, el domingo por la mañana! Nos conocimos en la pista, estuvimos hablando, bailando…” Algo parecía comenzar a recordar, ahora que el chico le daba los primeros indicios, que todavía navegaban en la nebulosa de su memoria. Se acordaba de haber ido a ese ‘after’ con su pareja y unos amigos, pero las imágenes que le iban llegando a la retina estaban fragmentadas e inconexas, y sólo el caos de su visión era capaz de unirlas en una secuencia aparentemente cronológica. La verdad es que soy consciente del pedo que tenía, eso sí… Sé que no paraba de hablar con alguien… “¡Toma, claro, conmigo, que llevaba también un ‘morao’ de órdago!” ¡Ah…! ¡Es cierto!… Sentí cosas raras, sensaciones nuevas… Lo achaqué a lo que había estado tomando toda la noche, por primera vez… “¡Y tanto, yo también lo probé esa noche! Eso fue lo que nos hizo hablar, precisamente, tío… ¿No lo recuerdas? Por eso nos pusimos a charlar...”, y se rió otra vez, procurando ser más comedido todavía. Ya, ya empiezo a acordarme… Es verdad… Si al final nos quedamos solos tú y yo, dándole sin parar a la lengua… El chaval sonrió, emprendiendo el último bocado, congratulándose, al fin y al cabo, de no haber caído en el olvido, como temió al principio de la conversación, que continuaron, hablando de los respectivos días que habían precedido a su inesperado reencuentro en esas oficinas. Después de un buen rato, le guiñó un ojo e inclinó levemente la cabeza hacia un lado, ya que su locuacidad parecía denotar una ubicación complacida en la pista del ‘after’. “¡Bueno, macho, pues voy al baño, ¿vale?!”, y le dio una fuerte palmada en el hombro izquierdo, alejándose en dirección a los servicios, pero volviendo la cabeza atrás un par de veces. Entonces fue cuando cayó en la cuenta y, aturdido por la coincidencia, abrió los ojos todo lo más que pudo, entre avergonzado y eufórico. Giró en ese momento sobre sí mismo y se encontró con su mirada lejana, que lo seguía persiguiendo fuera de aquel ambiente. Apuró la bebida de un trago, entornó los labios en una mueca de satisfacción, y enfiló la trayectoria de su colega, dispuesto a repetir lo que había nublado sus sentidos aquella mañana de domingo en ese ‘after’… desconectando convenientemente el teléfono móvil.
© Francí Xavier Muñoz, 2008
Lo que queda de hoy… La vida, observada. Día 22
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