BÁSICO para entenderme

Básico para entenderme: necesito la Literatura para vivir, el Derecho para sobrevivir y el Amor, para compartir lo que vivo y sobrevivo.



viernes 25 de diciembre de 2009

LO QUE QUEDA DE HOY | La llamada

No reconoció el número que salía en la pantalla pero, aún así, contestó, aunque tenía la costumbre de no hacerlo si quien llamaba no estaba grabado en la agenda del móvil. Al principio no escuchó nada, salvo una agitada respiración. Después, colgaron y volvieron a llamar pasados unos minutos. Ahora sí, su voz era inconfundible. Más bien, su grito. Esa manía de hablar a voces no se le había quitado todavía. Habían pasado cinco años sin saber nada el uno del otro. Pero es como si hubiésemos hablado ayer mismo, ¿eh? Es lo que siempre me ha asombrado de nosotros. Le contó que había ingresado por tercera vez en una clínica de rehabilitación y que, ahora, por fin, estaba curado. Del todo. Esta vez del todo, ¿eh? De los veinte años de amistad que les unían, doce se habían desenvuelto en la distancia y en la incomunicación. Pero nunca hemos dejado de ser amigos, ¿eh?, eso es lo bueno entre tú y yo, eso es lo que nadie cambiará nunca. Le pedía que volviera a creer en él, en sus proyectos, abortados ya tres veces. Yo sólo me entiendo contigo en esto. Si no estás a mi lado, no doy pie con bola, no sé ponerlo en marcha, no sé levantar nada. Yo llevo el negocio y tú la empresa, como siempre ha sido, ¿eh? ¿Qué me dices? Otra vez la aventura. Sonrió al otro lado del teléfono. En el fondo, ninguno de los dos había cambiado. Se le iluminó la cara cuando le hizo la oferta. Los dos juntos formaban un equipo invencible que podía conseguir lo que se propusiera. Lo habían demostrado en varias ocasiones con innumerables retos. Habían nacido para eso, para ganar dinero a base de explotar ideas nuevas. Cualquier hueco en el mercado lo aprovechaban. El problema volvería a ser, como siempre, su vida afectiva. Sabía que si volvía con él, ninguno de los dos tendría tiempo para amar a nadie, aunque eso en realidad nunca les había importado. Formaban una pareja en todos los sentidos, excepto en uno, y ese se encargaban de complementarlo de fiesta en fiesta con mujeres variadas y desconocidas. Además, no les gustaba repetir. Eran un par de empresarios golfos y todavía jóvenes.

Reflexionó durante varios días la propuesta de su amigo del alma. Las dudas que le asaltaban eran las de siempre. ¿Se habrá recuperado? Miró a su compañera fijamente, con tristeza y ansiedad al mismo tiempo. Ha surgido un problema. Tengo que irme a vivir a Barcelona. Tengo que crear una empresa. Si todo va bien, podremos vernos los fines de semana. Uno vengo yo y otro vas tú. Su actual pareja no conocía a su futuro socio, ni la historia de sus adicciones, una vez conseguido el éxito económico. Por eso le pareció interesante esta nueva etapa de sus vidas. Así podrás conocer bien Barna, que es una ciudad maravillosa. Sin embargo, la complacencia de ella no ocultó la preocupación que en el fondo tenía por no saber con certeza si su amigo habría superado, al fin, sus problemas con la cocaína. Siempre le causó remordimiento haber contribuido, de alguna forma, a ese vicio, pues su socio se enganchaba a él cuando los negocios que emprendían daban el suficiente beneficio como para mantener un tren de vida alto, propicio a todos los desmanes. Bueno, ese es su problema, al fin y al cabo. Yo también necesito ganar dinero de vez en cuando. Era un buen administrador y un buen ejecutivo y tenía la cabeza bien amueblada. Las únicas experiencias como empresario las había vivido con su amigo y reconocía que sólo con él se atrevía a arriesgar su capital por la senda insegura de las sociedades limitadas o anónimas. Sabía que su formación y su inteligencia estaban adecuadas a la gestión y a la organización de empresas, pero el alma de una idea, la pasión de una iniciativa nueva en el mercado, la fe en los recursos propios y en la originalidad, eran patrimonio exclusivo de su socio. Sin él nunca se atrevería a dar un paso por su cuenta. Esa era la extraña simbiosis que entre los dos se produjo hace veinte años, cuando se conocieron en la facultad. Hicieron toda la carrera juntos, cursando las mismas asignaturas e idéntica especialidad. Pero en cualquier proyecto que ideaban, uno estaba destinado a poner el corazón y el otro la cabeza. Su amigo no conocía otra profesión que la de empresario, no sabía hacer otra cosa. Él, sin embargo, se ganaba bien la vida como ejecutivo. Pero en esa profesión siempre le faltaba la chispa del desafío y la novedad. Ahora tenía otra oportunidad de hacerse un hueco en el mercado y acumulaba muchas ideas en su cabeza, desde cinco años atrás. Su eterno socio le daba otra vez la mano y, a pesar del miedo que eso le provocaba en el afecto que le tenía y en la responsabilidad que le cargaba, su vocación empresarial, para la que había nacido, le venció una vez más, y extendió su mano para recibir la de su amigo.


© Francí Xavier Muñoz, 2008
Lo que queda de hoy… La vida, observada. Día 21

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