Entender la poesía no es fácil. Recitarla, es difícil. Interpretarla, y hacerlo bien, requiere dotes de buen lector, buen declamador y, además, buen actor. El viernes pasado, once de diciembre, asistí con U.E. al montaje "Amor y muerte en el camino", de Juan Antonio Quintana, actor y director de teatro de dilatada carrera y prestigio. Le acompañaban en la interpretación Jesús Gallo y Yolanda Diego. La obra traza un breve recorrido por el pasado y presente de la poesía de amor y muerte en castellano. Poemas clásicos y poemas modernos, alternados y mezclados de acuerdo a un hilo conductor que los tres actores manejan con naturalidad, emoción, seriedad y convicción, como si la poesía estuviera impregnada en su genética actoral. El montaje se representó en el Centro Cultural Moncloa, que yo no conocía, y he de decir que ha sido el mejor espectáculo de poesía que he visto nunca, quizá porque era la primera vez que contemplaba una sucesión de poemas vividos en breves recreaciones figuradas y la primera vez que la palabra poética tomaba cuerpo, imagen, y se presentaba como historia de carne y hueso, como vivencia real a través de la sentida interpretación de los actores. Una sucesión de poemas hechos cuento, narración, o una sucesión de historias contadas a través del verso métrico y libre de grandes poetas que hicieron arte de la poesía en castellano. La piel se eriza en varias ocasiones, el escalofrío te recorre el cuerpo en esos momentos en los que los actores se agitan, se angustian, lloran o se alegran de verdad, consiguiendo que te olvides de que están interpretando, al fin y al cabo, una obra de ficción. ¿De ficción? No, quizás ahí radique el éxito de Juan Antonio Quintana, Jesús Gallo y Yolanda Diego, en que en el fondo no estaban actuando, sino sufriendo y gozando en su interior más recóndito el sentimiento real de esos poetas, que quedó impregnado en esos versos que se han escogido para el montaje. Porque el poeta, aunque finja, aunque exagere, siempre escribe algo que siente y que conoce en lo más hondo de sí mismo, algo que sólo puede expresarse en forma de poema, algo intangible y, a veces, críptico, que sólo el poeta entiende, pero que al final traspasa la comprensión inmediata de la vivencia que cuenta y llega al sentimiento del lector que, aunque no pueda explicarlo, conecta con el dolor o la alegría más profunda del poeta. Cuando esto se consigue se hace útil y necesaria la poesía, se hace imprescindible leerla y escribirla, y debiera hacerse imprescindible representarla de vez en cuando, como en esta ocasión.
Sin embargo, hubo un momento inesperado en el montaje, un instante en que mi cuerpo se heló ante una emoción desconocida, nunca antes experimentada. Una sensación de breve protagonismo que yo no había buscado y del que nadie me había avisado. Jesús Gallo aparece en el centro del escenario, sentado como frente al mar y comienza a recitar un verso que yo asocio a Pablo Neruda. Sin embargo, al comenzar el segundo verso identifico el poema. Es mío, es "Agua nimia". Me deslizo en el asiento, como si quisiera esconderme para que nadie me observe, como si al reconocer el poema pensara que la sala entera lo reconocía también. No es la primera vez que alguien recita uno de mis poemas, pero sí es la primera vez que alguien lo recita e interpreta, lo vive, sobre un escenario. Y este poema, especialmente, Jesús podía sentirlo en su totalidad. Quizá por eso lo eligió. Se lo susurro a U.E. y se queda sorprendido, igual que yo. "¿Seguro?", me pregunta. Ahora cobraban sentido las palabras de Jesús Gallo, mientras ensayaba esta obra: "Tú, más que ninguno, tienes que venir a verla". Como cobraba sentido la nota que me dejó en el sobre con las entradas, que recogí en taquilla: "Gracias por hacerme entenderte mejor con tu poesía y por hacerme comprender más la poesía. Y por estar aquí. Deseo que os guste", que yo había achacado al día aquel en que le envié uno de mis poemas, "Hoy", y que coincidió con uno de sus ensayos para interpretar "Elegía a Ramón Sijé", de Lorca. Ambos poemas tratan sobre la muerte de un amigo y aquel día la casualidad hizo que nuestros sentimientos poéticos coincidieran a la misma hora, vía correo electrónico. Ahora, sin embargo, soy yo quien tiene que agradecerle la sensación que me ha procurado, única en mi vida, de momento, cual es escuchar uno de mis poemas junto a algunos de los poemas más conocidos de Hierro, Neruda, Lorca, Alberti, Hernández o Aleixandre, y junto a algunos de los poemas clásicos de Lope, Quevedo, Góngora o Calderón. Y así lo hice el otro día, enviándole un correo, junto con un par de enlaces que descubrí en dos periódicos digitales sobre él y Juan Antonio Quintana.
La puesta en escena me gustó mucho, por su sencillez y por la alternancia bien buscada, tanto de los poemas como de los actores. Por ejemplo, el mío daba entrada a uno clásico, interpretado por Quintana, y ambos compartían al mar como elemento narrativo de la composición. La escena final fue el broche de oro que cerró la obra, una sucesión de poemas donde los versos finales de uno se mezclaban con los iniciales de otro, donde la voz de los actores se sucedía y se pisaba para terminar un poema y dar entrada al siguiente. También hubo un momento estelar que a muchos nos sumergió en la intriga, aquel en que Jesús Gallo no puede terminar de recitar un poema, pues el llanto se lo impide, y tiene que marcharse, tomando el relevo Quintana. Nos desconcertó, porque éste se dirige a Jesús con su nombre real, lo que, tratándose de actores que interpretan, no es habitual. Después de la obra, nos lo aclararon; era parte del montaje. Muy original, pues fue tema de conversación hasta que se deshizo el entuerto. Otro de los detalles que me gustó, quizá no buscado, fue la elección de las distintas edades de los actores, tres tramos bien diferenciados: juventud, madurez y senectud, que dicen mucho de la intemporalidad que comparten el amor y la muerte, temas de los poemas seleccionados. También hubo un momento para el erotismo, cuando Jesús Gallo interpreta una escena con la camisa desabrochada. Él puede, todo hay que decirlo.
Hubo varias ocasiones en que los aplausos fueron acompañados de "¡bravos!". Y, desde luego, en cuanto se recitó el último verso, yo fui el primero que se puso en pie para aplaudir. Al instante, toda la sala lo hizo. Felicitamos a Jesús en el camerino y me emocionó ver sobre la mesa mi libro "Las olas del mar", que luego me contó que había manejado para recitar y ensayar. Después estuvimos tomando una cerveza en un sitio cercano, y cambié impresiones con Jesús y Juan Antonio. De éste, al que nunca había visto en directo, me sorprendió la fuerza que tiene para el teatro, para el directo, y la naturalidad con la que su voz y su gesto te concentran en lo que está diciendo e interpretando; aparte de su prodigiosa memoria para el verso clásico. De Jesús me sorprendió su valía para el verso, que yo no conocía sobre un escenario, y la facilidad con la que se mete en la piel del sentimiento poético; aparte de reconocer que, de obra en obra, va in crescendo en su madurez interpretativa. Hasta ahora, como le dije, es lo mejor que le he visto interpretar, junto al cortometraje "Inside us". Les agradecí, con sonrojo quizá, con pequeñez y humildad, la inclusión de mi poema y les deseé larga vida con este espectáculo. Quintana me dijo que era muy probable que se interpretara en Valladolid y yo le dije que iría al estreno y le daría toda la publicidad que estuviera a mi alcance. Me preguntó por la impresión que me causó ver mi poema interpretado y, de la emoción que le transmití, nos abrazamos. Esta era la segunda vez que nos veíamos, después de la primera en que lo conocí, en agosto, en casa de Hugo di Perna, que también estuvo esa noche allí, viendo la obra. Luego, en casa, reciclé las emociones, busqué el poema y lo leí de nuevo, recordando el camino que había recorrido desde su escritura hasta su representación aquella noche sobre el escenario. Y todavía hoy, una semana después, sigo sin poder comparar esta emoción con ninguna otra.
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